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Todo profesor o profesora de Religión Católica en la escuela o en el instituto es un enviado de la Iglesia. Nadie merece llamarse profesor de Religión Católica si no es capaz de reconocer que su misión no le pertenece solo a él o ella, sino que es la misión de toda la Iglesia Católica: anunciar el evangelio de Jesucristo.
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